L.S.Garini
(Seudónimo de Héctor Urdangarín –Mercedes 1903, Montevideo 1983)
“Los zapatos” o, “La Rebelión”
La mujer joven ha entrado en la habitación de la mujer ya madura, pero no vieja todavía, y le ha pedido unos zapatos para completar un traje de disfraz. Desearía ir a un baile con su novio, y le ha pedido también que los acompañe.
Las “niñas” de la casa ya han salido y ella ha quedado sola. Además, será su primer baile.
La mujer madura ha demorado en responder, y después, casi gritando, le dice que se mire los pies, que es asombroso que pretenda meterlos en sus zapatos, que ni aún rompiéndolos, cabrían, y que no irá ni a ese ni a ningún baile en lo que le queda de vida. Que está aburrida de ir a fiestas y permanecer en un rincón, viendo como los otros se divierten.
Tenía que rebelarse. Ya comenzaba a estar por debajo del perro que había tiempo integraba el conjunto familiar. Tenía que rebelarse, y saldría de la posición de cosa-mueble, utensilio, o lo que fuera, y les haría frente a todas aquellas personas.
La parienta lejana, la parienta pobre, la esclava para todo uso, y ni parienta lejana era talvez. La habían utilizado para criar a todos aquellos pequeños salvajes que un poco más grandes, le habían pagado sus cuidados con insultos, y con puntapiés.
Y para lavar ropas sucias, con sangre coagulada y otras “porquerías”, y llevar a esos mismos niños a sus clases de la escuela, y después darles la “papita rica” y aguantar todas sus impertinencias. Y para acompañar a las niñas ya casaderas y sus novios a fiestas donde la dejaban sola.
Y para atender enfermos malhumorados y con malos olores. Y jamás un solo momento agradable, ni un solo elogio.
Sus pies, por ejemplo, de líneas armoniosas, de dedos unidos, largos, que nadie ha mirado una sola vez siquiera. Y las manos, y el aspecto general de su persona. Siempre ocupando el lugar de acompañante de otros. Una cosa útil para eso solamente. Y nunca una palabra de reconocimiento.
Toda esa belleza ha quedado desaprovechada. Y no han sido los zapatos los “importantes” –los pies, han sido los “importantes”.
Los zapatos parecían excelentes, porque han estado colocados sobre sus pies. Siempre había cuidado de sus pies, y también de sus manos. Pero había cuidado más sus pies. Las manos tenían a veces que ocuparse en trabajos en los que no podía usar guantes. Los pies estaban siempre metidos en zapatos de buena calidad. Era su única satisfacción y su único lujo, poder usar esa clase de zapatos. En ningún momento usaba zapatillas. Ya desde que dejaba la cama, estaba calzada con zapatos. Les hacía colocar una y hasta dos chapas complementarias a los tacones. Estaba así más aislada del suelo. Y casi todos los trabajos los hacía con guantes; guantes de goma, o guantes viejos de cuero. Los contactos con las carnes, o aún con las verduras, la molestaban. Eran materiales un tanto repulsivos para ella. Le traían el recuerdo de otros, los que aparecían cuando las “señoras” o “señores”, expulsaban al exterior a sus crías. Y tenía que atender a esas “señoronas”, las ex – niñas, que volvían a repetir por tercera vez, o cuarta, o quinta, las ocurrencias de la madre.
Y tenía que moverse con rapidez, caminando sobre los líquidos semisanguinolentos, con el riesgo de caer y estropear uno de sus pies, o los dos.
Eso era la “vida”, decían las personas de la “casa” o la continuidad de la vida.
Y era ella, con su virginidad inalterable, la que tenía que aguantar las consecuencias de la continuidad de la vida, o las consecuencias de que, primero la madre, y después las “niñas” o ex – niñas, se acostaran con sus hombres o maridos.
Para ella no era indudablemente la “vida”.
Todo aquellos no era otra cosa que una porquería o una gran suciedad. Y después tenía que hacer dormir y cuidar y encargarse de la limpieza de aquellas “consecuencias” de actos no muy bien vigilados, y más tarde llevarlos a sus clases, y etc., etc.
Y podía aparecer todavía, aparecía seguramente, un tercer grupo, cuando ya estuviese muy vieja y muy cansada.
Y había tenido que ver aquellas vulvas dilatadas al máximo, y la aparición del nuevo ser, y los líquidos de siempre.
Y en cambio ella, no había usado sus órganos nada más que para la expulsión del líquido de su vejiga, y nadie, además, los había visto nunca.
Y cordones umbilicales y placentas, emparedados y tortas de festejos de cumpleaños, y velitas, y flores, y gorritos de papel y canciones, y trajes de novia y ceremonias en los templos, y más flores pisoteadas, y mujeres y hombres agitándose bajo las ropas de la cama, y los niños haciendo sus necesidades y baños y llantos, y huevitos frescos pasados por agua, y mamaderas de leche tibia, y novios y más novios, y besitos y gritos, y excrementos y perfumes, y ella siempre metida dentro de toda la “inmundicia”, y al mismo tiempo, lejos de los que la producían.
Y siempre moviéndose dentro y sin poder salir de la pasta asfixiante. El “animalejo” para todo servicio y lleno de cargas, o el objeto útil que se usa y después se deja, y se vuelve a usar hasta que ya no sirve para nada.
Y jamás una mirada para sus pies tan bien hechos, o para sus manos. Y había tenido y tenía que preparar las “papitas infantiles”. Y no una; eran tres, cuatro y hasta cinco “papitas” para aquellos tiranos, semisalvajes, llenos de impertinencia, que necesitaban canciones o pequeñas escenas para comer sus “cositas ricas”.
Y después, unos años después, continuaban con sus impertinencias, y había tenido que prepararles platos especiales. Todo hecho por ella, la empleada o sirvienta, sin un solo día de descanso y sin sueldo fijo, siempre adherida a la “casa” y a toda aquella gente.
Era ella la única pieza esterilizada, en aquel conjunto. Quedaba siempre fuera del juego de la fertilidad y de la fermentación. No había nunca para ella un lugar en el pequeño mundo de cambios, entradas y salidas, acoplamientos, nuevas vidas, etc., etc.
Y toda aquella gente, siempre comiendo –cuatro, cinco veces- todos los días, y corriendo a los cuartos de aseo, y teniendo que ordenar lo que desordenaban, y vigilar los lugares donde depositaban las comidas que ya eran otra cosa.
Bailes, nacimientos, bodas, comidas especiales, líquidos y sólidos tomados, sólidos y líquidos expulsados, llantos, canciones, malos olores, más fiestas, nuevos nacimientos, molestias, velatorios, gritos.
Carnes cortadas, carnes, y sangre, y más sangre, sangre de animales y sangre de personas, y jugos, y vida nueva, y vida que se acaba.
La habían utilizado para todo. Pero no la utilizarían más. No iría a ese baile, ni a ningún otro baile. No soportaría más impertinencias. No la utilizarían nunca más.
Unos cuantos zapatos atravesaron el hueco de la puerta entreabierta y cayeron junto a una tinaja con una planta de adorno. Eran hasta tres pares, o tal vez cuatro. Con sus altos tacones a la vista, se balancearon un momento, y quedaron inmóviles junto a la tinaja. Desde el interior de la habitación llegaban a oírse todavía algunas palabras dichas a gritos. Que sus zapatos en los pies de ese animal gordo, o los pies de ese animal gordo en sus zapatos, que era lo único que le faltaba, que ya la habían humillado bastante, y que todo terminaría esa misma noche.
Febrero 1951 – Marzo 1965
De “Equilibrio”, Aquí Testimonio, Montevideo, 1966. Envio Aldo Defilippo
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